Con la tormenta cerrando todo nuestro horizonte, la mañana se deslizaba casi tan lenta como el barco. Nuestra velocidad era influida por el viento, pero nunca logramos superar los 6 kilómetros por hora en el Paraná. Segundo a segundo, fragmentando el día infinitamente, la luz cambiaba con sutiles matices. La pregunta que Laura Glusman nos estaba haciendo a todos retumbaba en mi cabeza. ¿Cómo te imaginás este paisaje en el futuro? Miraba en las islas a la vegetación ocultando las formas de lo que seguramente eran troncos, pero que podrían haber sido personas o animales, y luego veía pasar las naves de carga, imaginándolas multiplicadas por cientos y mis respuestas eran contradictorias. Mientras, en cubierta, inmune a la melancolía de la mañana, Ignacio Fontclara preparaba chipa. La tormenta esperó hasta las 12:30 para dejar caer sus primeras gotas sobre nosotros
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